Por: Juan Carlos Cavero
Forum Filosófico
Se aproximan las elecciones autonómicas y es el momento de la catarsis pública de la democracia. Los grupos de amigos que encabezan las listas electorales se reúnen para celebrarse ante el becerro de oro que los ha elegido a ellos -y no a otros- de entre la marabunta de afiliados; es la hora de desgranar los intereses personales y públicos de los que felizmente y con algo de suerte de la maquinaria electoral, alcanzarán cargos de relevancia y cotas de poder. Pero, ¿qué se esconde verdaderamente tras la máscara –el prosopon- de estos sonrientes candidatos? La verdad es que es difícil saber lo que se oculta entre bambalinas y, por otra parte, la pacata confianza ciega de los ciudadanos españoles que aceptan -con tal de que no huela a Dictadura- cualquier candidato con cierto duende llamado “carisma” y un poco de buen palique encantador de serpientes: ése –y no otro- sería el perfil del líder ideal. Pero nos estamos desengañando porque los niveles de corrupción son tan escandalosos en la vida política que han terminado por despertar la conciencia infantil e hipnotizada del pueblo español que ha saltado del varapalo a la engañifa. No hay que quitarle mérito al poder de la macro y micro física propagandística, capaz de crear figuras imaginaras plenas de autoridad y talento donde se esconde simplemente la glotonería y el gregarismo. Y esto nos pasa porque se nos obliga por este sistema a no conocer realmente a los candidatos sino a su imagen; de hecho, pocos son los que –al revés- teniendo ya una buena imagen en la vida ciudadana son elegidos para las listas. La perversidad del sistema que selecciona es tal que prefiere invertir en crear imagen y no en enfrentarse al peso de una imagen consolidada pues es –como se supone- más difícil de manipular.
Todo grupo político sabe que el primer paso para dominar un Estado o una Comunidad es instalarse en los puestos políticos clave y, el segundo y decisivo, adueñarse de la economía. Todo bien hasta ahí, lo malo surge cuando la consigna de actuación es: “si antes se lucraban los que gobernaban, ahora nos toca a nosotros” y “si los de antes manipularon los votos por correo, ahora les toca a los nuestros”; y así sucesivamente todo se va corrompiendo.
El truco está en que sigamos considerando que estas actividades amorales que nos rodean son algo coyuntural, perteneciente a tal o cual grupo o personaje político y esto ocurre porque nos negamos a creer que la corrupción ha pasado a ser algo ya estructural o sistémico; es decir, que se ha fusionado con los cimientos y la estructura del sistema democrático en la mayoría de los niveles de nuestro país. Por su parte, la clase política necesita hacer creer que esto no es así, porque pretende reconstruir la confianza pública en la clase política, pero en ello no va nada noble, en principio, sino puro interés. Para lograr el engaño cuenta con el juego de las capas de conocimiento de los candidatos: la diferencia entre ellas se hace palpable cuando en el discurso público se muestran con la máscara de la virtud y, sin embargo, cuando se les pilla a micrófono cerrado se les ve parte de la verdadera cara del retrato de Dorian Gray que esconden bajo su máscara. Bueno, quizá haya exagerado un poco, pero es necesario hacerlo para aclarar las cosas. Como los ejemplos que voy a relatar a continuación. Y el hecho es que en nuestro país observamos y consentimos sin inmutarnos, cómo los que llegan a la vida política lo hacen para buscarse un trabajo que no tienen; también los sindicatos actúan como oficinas de empleo endogámicas. La mayoría de las veces y para que no se note mucho, el sindicato primero y luego el partido, les buscan un trabajillo previo; más tarde, cuando se logran posiciones más sólidas, los puestos se mejoran o se consolidan. ¿Qué se les pide a cambio?; fidelidad a las siglas –las que sean- y al líder. Lo que pasa es que la cosa no sale bien al cien por cien porque la gente está necesitada y traga por trabajo, pero una vez que lo tiene y sabiendo que ha sido adquirido de aquella manera, se va olvidando de los compromisos.
Por otra parte, son muchos los que piensan que la corrupción es una manifestación más de la degradación y degeneración de los valores morales que imperan en la sociedad: el exceso de individualismo, el solipsismo, el materialismo, el hedonismo, y un largo etcétera de ismos que se acumulan desde la escuela porque la falta de respeto a los maestros y maestras, impide mitigarlos o difuminarlos.
Es por ello que traigo a colación el informe de Lord Nolan al respecto de la corrupción y que –por un motivo o por otro- yace olvidado en el baúl de los temas que es mejor olvidar. El Juez Nolan, a petición del primer ministro británico, dirigió durante meses un Comité de Expertos con el fin de definir los principios que han de inspirar las actuaciones de los políticos y los funcionarios públicos. Dicho Informe fue emitido en mayo de 1995 y contenía los siete principios siguientes: 1º) Asumir el Interés público y no el privado; es decir, un político con cargo público, nunca actuará a fin de obtener beneficios económicos o cualesquiera otros beneficios materiales para sí, su familia o sus amigos. 2º) Integridad; el que ostenta un cargo público no debería ponerse en situación de contraer obligaciones financieras ni de otro tipo, con individuos u organizaciones que puedan influir en el desarrollo de sus actuaciones públicas. 3º) Objetividad; en el desempeño de sus actividades públicas, incluyendo los nombramientos de cargos públicos, la firma de contratos, o la recomendación de individuos para premios y beneficios, basándose en todas sus elecciones en el principio de mérito y capacidad. 4º) Responsabilidad en los actos y decisiones que afecten a la sociedad y debe admitir ser sometido a cualquier tipo de control que se considere necesario. 5º) Transparencia; se deberá ser tan transparente como sea posible respecto a las decisiones y actos que adopte. Motivando siempre sus actos y restringiendo la información cuando claramente lo exija el interés público. 6º) Honestidad; se tendrá el deber de declarar cualquier interés privado que pueda guardar relación con sus actividades públicas y adoptar cuantas medidas sean necesarias para resolver cualquier conflicto que pudiera surgir de modo que quede salvaguardado el interés público. Lo que va unido al último punto, el 7º) que es la Capacidad de decisión; por medio de la cuál el personal de la Administración Pública deberá promover y respetar estos principios como modelo en la toma de decisiones.
Para finalizar, decir que comparto la opinión de algunos –y sin entrar a debate en ello para no alargar más esta reflexión- de que dicho Informe se ha quedado ya algo desfasado, sobre todo en España pues, a poco que se fijen en estos principios, da la sensación de que ser político en nuestro país consiste precisamente en atentar contra los siete puntos del ingenuo Juez Nolan: ¿No les parece a ustedes, queridos lectores?...
